Cuando el alma vuelve a sentirse viva
Hay días en los que una no necesita grandes señales para darse cuenta de que algo dentro se está moviendo.
A veces basta una conversación, una imagen, una canción, una clase de piano, una risa inesperada o una emoción que aparece de pronto y nos recuerda que seguimos aquí: sintiendo, soñando, deseando, creando.
Hoy pensé mucho en eso.
En cómo, después de tantos procesos, pérdidas, cambios, duelos, cansancio y reconstrucciones, el alma puede volver a encenderse en cosas aparentemente pequeñas.
Un proyecto que avanza.
Una clase que nos devuelve confianza.
Una imagen que nos hace mirarnos con amor.
Una idea que nos emociona.
Una presencia que sentimos cerca.
Una risa que nos saca del peso cotidiano.
Una gatita loca que convierte la casa en escenario de comedia.
Y entonces algo dentro dice:
“Sigo viva.”
No viva solamente porque respiro, sino viva de verdad. Viva en el deseo, en la creatividad, en la ternura, en el humor, en la belleza, en la esperanza.
A veces creemos que el despertar de la conciencia tiene que ser solemne, profundo, silencioso o lleno de grandes revelaciones. Pero también puede sentirse como volver a reír. Como volver a aprender algo nuevo. Como volver a reconocernos en una fotografía y decir:
“Me gusto. Me amo. Aquí estoy.”
Eso también es despertar.
Despertar no siempre es descubrir algo afuera.
A veces es regresar suavemente a una misma.
Volver al cuerpo.
Volver a la alegría.
Volver a la música.
Volver a la creatividad.
Volver a imaginar un futuro sin sentir que estamos traicionando el presente.
Y quizá ese sea uno de los actos más poderosos de amor propio: permitirnos volver a sentir ilusión sin castigarnos por tener miedo.
Porque sí, a veces da miedo soñar.
Da miedo desear.
Da miedo imaginar algo hermoso y preguntarnos si algún día será real.
Pero incluso ahí, en medio de la duda, el corazón sigue hablando. Y cuando el corazón habla desde un lugar verdadero, vale la pena escucharlo con ternura.
Hoy me quedo con eso: con la sensación de que el alma también sana cuando se permite jugar, crear, reír, aprender y amar sin pedir permiso.
Tal vez no necesitamos tener todas las respuestas.
Tal vez basta con notar esos momentos en los que, por un instante, la vida vuelve a sentirse nuestra.
Con amor,
Maryan Diaz
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